María Luisa Balaguer

Mujer desaparecida

Señor agente, mi mujer ayer estaba en casa

Señor agente, mi mujer ayer estaba en casa

La casa presentaba el mismo aspecto de siempre, ni un objeto movido de su sitio. Desde el paragüero a la entrada, con el abrigo de Felisa al fondo, colgado de la percha de metal gris, hasta el jarrón azul con dibujos en blanco, que pegado a la esquina de la derecha, soportaba los envites del tiempo, con dos costurones a lo largo de cuándo Pedrito entraba con la pelota, arrasando a su paso.

Felipe entraba y salía de la casa varias veces intentando averiguar algún detalle nimio, que diera cuenta de que habría podido pasar en esa casa, antes de que Felisa desapareciera, y subía las escaleras mirando una vez mas al suelo, entraba en las habitaciones de los niños, a los baños, al dormitorio de ellos, abría otra vez los cajones de los armarios, y todo parecía estar como siempre. La bata echada donde siempre, en el arcón de los pies de la cama, el cepillo de dientes, la crema medio vacía que Felisa se ponía a la salida de la ducha, y el armario de la ropa ordenado, sin un solo perchero vacío.

Después de llamar a la hermana de Felisa, a sus padres, sin querer alarmarlos, preguntando solamente si por casualidad estaba allí su hija, a los amigos mas cercanos, a la Universidad y al departamento, adonde Felisa podría haber ido fuera de horas aunque no fuera su costumbre, Felipe optó por ir a la comisaria mas cercana y buscar ayuda.

-No es posible poner ahora la denuncia, entiéndalo Sr…?

-Echevarría, Felipe Echevarría,.

-Ah, si perdone, Sr. Echevarría, hay que dejar pasar 24 horas para poder iniciar la búsqueda de una persona desaparecida. Entiéndalo, Sr. Echevarría, su señora puede estar en el cine, o en tomando un café con amigos, hay que esperar el tiempo reglamentario.

-Mire, señor agente, mi señora jamás va al cine, no podría pasar dos horas seguidas sin fumar, y menos sola, sin mí. Siempre vamos juntos a todas partes.

-Pues tenga paciencia Sr. Echevarría, aparecerán, siempre aparecen. Y venga mañana, si es el caso, mientras estese tranquilo, no se ponga en los peor.

Felipe volvió a su casa, mirando por el camino todas las cuerpos de las mujeres con los que se cruzaba por si alguna fuera Felisa, pero ninguna tenía su cara ni su aire, él habría conocido a Felisa a una legua de distancia.

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