María Luisa Balaguer

Virginia Loba

fotos-de-lobosPodía decirse con razón que por su aspecto, Virginia no era exactamente lo que se entendería por una mujer loba. Si por loba consideráramos a esos depredadores, de finísimo olfato y dientes incisivos, ojos anaranjados, y lastimosos aullidos en las noches de los bosques. Yo mismo algunas veces he detenido mi marcha, oyendo ese quejido lastimero, que pude haber confundido con una persona, entre la oscuridad de la noche, y el mismo viento que movía los árboles.

Pero ella se hacía llamar así, y yo no pude hacer más que decirle “Loba”, como ella imponía a quién se le dirigiera como “Virginia”.

-Dime por qué quieres que te diga Loba, no te llamas Loba.

-Quién dice como es cada uno en esta vida. Yo fui una Loba en otro tiempo, es ahora, desde poco antes de que tu me hayas conocido, cuándo he adquirido forma humana.

Y abriendo la boca, enseñaba sus dientes, largos, afilados y pulcramente instalados en sus encías, sin la menor imperfección, y completamente blancos.

Entonces yo pensaba si Virginia podría decir esto porque en otros tiempos hubiera sido ramera. Los romanos llamaban lobas a las rameras, puede que fuera una puta quién amamantó a Rómulo y Remo, pero esto no se les debería decir nunca a los italianos. Tampoco a Virginia me atrevería a preguntarle si venía de una casa de lenocidio.

Algo de loba tenía Virginia en su mirada, de acecho, como si de un momento a otro se fuera a precipitar sobre ti, como si fuera a morderte, pero esa mirada, lejos de inspirarme temor, me llenaba de deseo y me excitaba, al punto de evitarla si no estábamos solos.

Miré en la biblioteca un libro de lobos, y siguieron las coincidencias. Virginia exhalaba un olor característico, nunca percibido por mi en otra mujer, y comprobé que los lobos tienen una glándula odorífica en la base de la cola que les confiere un olor irrepetible a cada uno de ellos, y les sirve a la especie de reconocimiento. Y los lobos igualmente, mostraban un mayor sociabilidad que otros animales, hasta el punto de estar jerarquizados en sus comportamientos. Una pareja lidera la manada, y reparte la caza en función de ciertos criterios. Son monógamos los lobos. Pero aquí seguramente se apartaba Virginia de las similitudes. No imaginaba su vida siendo fiel a un hombre, ni llegando temprano a casa y poniendo la mesa a un marido que llega cansado del trabajo. Su casa era una amalgama de objetos, desordenados y puestos arbitrariamente sobre los espacios huecos, y en su dormitorio se amontonaban las medias y zapatos, sin espacio apenas para andar. En una de las habitaciones de la casa, se desperdigaban algunos libros, literatura francesa sobre todo, Sade, Sagan y Colette, que a veces dejaba entreabiertos por la página que leía, y un ordenador de sobremesa, siempre encendido, del que salía una música a veces estridente, que nos impedía conversar.
Fue allí, en ese ordenador, uno de los días que ella decidió darse un baño de espuma, y yo permanecí en aquella habitación, cuándo descubrí por azar, el terrible secreto de Virginia Loba.

Busqué el historial de las páginas por las que ella había navegado, sin una especial curiosidad ni intención, solamente llevado por la inercia, y ante la lentitud de Virginia para las cosas más elementales, como un simple baño de espuma.

En un principio, las páginas en las que ella había entrado, las más recientes, hacían referencia tan sólo a asuntos muy del gusto de Virginia. Marcas de crema contra de regeneración cutánea, ropa de fiesta, y el supermercado cercano adonde con toda probabilidad habría solicitado la lista de la compra. Pero conforme iba yo yendo hacia atrás en la descarga de las páginas, empecé a sentir cierto desasosiego, al ir apareciendo informaciones insospechadas en una persona como ella.

La primera de las páginas que cambió completamente el sentido de la búsqueda, era del día anterior al fin de semana. Recordé que Virginia me había dicho ese jueves, que tendría que viajar a visitar a sus padres, y ante mi ofrecimiento a acompañarla, se negó de una manera que a mí me pareció ligeramente agresiva. No se limitó a decirme que yo me aburriría con sus padres, o simplemente que prefería ir sola porque tuviese alguna conversación pendiente con ellos, o no lleváramos el suficiente tiempo juntos para presentármelos, sino que tuvo un amago de enfurecimiento poco razonable.

-¿Qué pasa para que tu me tengas que llevar a casa de mis padres?. ¿No soy yo capaz de conducir un coche?. Todos los hombres sois iguales, apenas estáis con una mujer tenéis que protegerla. Iré solita y no me comerá nadie.

Intenté tranquilizarla y le dije que sólo pretendía ser amable con ella. Que yo pensaba que una mujer, está tan capacitada como un hombre para todo lo que exige la vida, y que incluso estaba convencido de que ella era más fuerte que yo, y con mi ofrecimiento no había querido ofenderla.

-Ni lo dudes, pero tampoco tienes que decirlo por decir. Os conozco y se que en el fondo no lo pensáis. Lo decís por decir, para parecer modernos. Pero ya te aseguro que soy más fuerte que tu, y sólo espero que nunca lo compruebes.

Ahora me producía pánico aquella conversación que días antes sólo me pareció un poco extraña. La primera de estas páginas atendía a su solicitud de serruchos para cortar la carne. Y aparecían en imágenes desplegadas sierras de varios tamaños y precios, con marcas y condiciones de venta. Luego Virginia había escrito “máquinas de picar carne”. Y aparecieron un número indeterminado de máquinas de distinta calidad y medida, para procesar la carne, otras con el nombre de “escalpelo”, o guillotinas y otros artefactos eléctricos, aconsejados para cortar carne congelada.

Virginia seguía en la bañera, pero yo me sentí presa del pánico. No podía dejar de buscar ya en ese ordenador alguna información sobre cual podría ser el secreto de aquella mujer, y entré a indagar en su correo. El mismo jueves, con toda seguridad después de despedirse de mí, figuraba una factura emitida por correo electrónico de una empresa de ferretería, con un cargo de mas de doscientos euros. ¿Qué podría haber comprado Virginia Lobo con el nombre de “Xcelent Global Conjunt”?

Al entrar en el correo no me apercibí de que automáticamente se conectó el Skipe. Unos segundos después un luz verde con la figura de un tigre estaba escribiendo.

-Loba, que buen fin de semana. Llevas dos días sin entrar, quería felicitarte por tu sofisticación. Mientras las demás tenemos que usar las patas y las garras, tu eres una loba tecnológica.

Miré hacia fuera, nada se movía. Solo cogí las llaves del coche.

Ahora cuándo el viento por las noches hace crujir las ventanas, yo todavía me sobrecojo.

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