literatura, María Victoria Pérez

RIO ABAJO – Relato

Nadie me ayudó porque nadie sabía nada. Sólo el agua. Y Las piedras. Ahí estaban. Blancas y redondas, suaves al tacto pero duras como el acero. Un arma letal. Y el agua. Aquellas aguas veloces se lo llevaron sin esfuerzo. Vi como su cuerpo se deslizaba llevándoselo en volandas. Vi su mirada fija en el cielo con las siluetas aladas de las nubes grabadas en sus pupilas inertes. Mi hombre se alejaba rio abajo. Parecía un muñeco de trapo, un juguete al albur de niños traviesos. Por un momento creí que era él y no el torrente quien se movía, arqueándose a veces, hundiéndose a ratos, revolviéndose y saliendo a la superficie.

Así fue tu vida, siempre te dejaste llevar –pensaba sin perderle de vista mientras corría rio abajo- Por eso caíste en sus garras. Ella te ha hecho esto. Yo sólo soy un instrumento. El brazo ejecutor. No me dejaste otra salida.

Antes de dejar aquel lugar, vi que la piedra aún teñida con la sangre del traidor estaba a mis pies. La lancé al río donde se hundió rápidamente mientras la sangre se disolvía mezclándose con el color pardo del agua teñida por los brezales.
Ya estaba hecho. El hombre que había sido mi compañero durante más de veinte años se había ido para siempre. Yo quise que se fuera con el agua. Ya no podía regresar. Las aguas no regresan. El estaba muerto y yo ya no vivía.

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