Elena Hernández

El yugo perenne, III

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…Tania no utilizaba perfumes. Solo uno creo, uno que olía como a incienso. Se lo dije, tiró el frasco por la ventana, se colocó las manos en los bolsillos y me preguntó por qué no te gusta mi perfume por qué no te gusta mi perfume por qué no te gusta mi perfume.

Tus dedos están ciegos

Me acerqué y le saqué las manos de los bolsillos. Sus dedos no tenían uñas. Besé uno a uno esos dedos.
Recuerdo el preciso instante en que la miré sin compasión, y su boca se abrió ligeramente. La empujé a la cama, cayó boca arriba y ella misma se subió la falda y se quitó las bragas. Noté que estaba empalmado, que necesitaba hundirme en ese coño y estallar.
Estaba mojada y dilatada y se movía debajo de mí. Gemía y me pedía más como cuando teníamos dieciséis años, y era ahora el suyo un Ayy lánguido y dulce, y mientras más fuerte la penetraba más dulce era ese Ayy y más sonreía.
Dentro suyo mi pene aumentaba, los labios de su vulva me rozaban. Yo escuchaba sus gemidos. La miraba sonreír y sacarme la lengua para que yo la besara, y esto, todo ella era lo que me hacía crecer en su interior.
Cuando ya por fin vi su culo ante mí, toda ella abierta ante mí, esperándome… Su estómago flácido, sus brazos que apenas resistían su peso, la penetré frenéticamente, primero en el coño y luego en el culo, sabiendo que el placer físico así era el mismo para los dos, yo sabía que ella estaba sintiendo un placer que empezaba en el ano y recorría toda su vulva hasta llegar al clítorix.

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